15.9.12

1 hora y 30 minutos en el Pabellón Alemán de Mies van der Rohe


Tras el viaje realizado a Barcelona el pasado mes de Julio, comenzaré lo que serán una serie de entradas dedicadas a los edificios que más nos interesaron de la Ciudad Condal. Expondremos nuestras impresiones y sobre todo, muchas fotos. También agredecemos a aquellos seguidores en Twitter de @plantaoseccion que nos hicieron algunas sugerencias de visitas. Esperamos que os guste.  

1 hora y 30 minutos en el Pabellón Alemán de Mies van der Rohe

En Plaza España ya estás en plena ciudad. Se siente la inmesidad de la Ciudad Condal. Una imagen destaca más que el resto: las dos torres que marcaron la entrada hacia Montjuic y que fueron testigos de aquella Exposición Internacional de 1929. Al fondo de la longitudinal avenida, el imponente Museo Nacional de Arte Catalán, el Palacio Nacional, predominando sobre Montjuic.

Comenzamos la ascensión, y una vez llegamos a la Fuente Mágica, a la derecha, entrevimos una vista familiar. No fue un encontronazo, sino un descubrimiento. Un recorrido en el que poco a poco encontrabas el pabellón. Está rodeado de intimidad y sin embargo, lo piensas y se producen choques: eso ahí, tan actual, en el 29, frente a ese palacio… Efectivamente, Mies los tenía bien puestos. La entrada era obligatoria, ya que evidentemente no podíamos ignorar o dejar para después tres años de carrera e intensa visualización de plantas de dicho proyecto.



El Pabellón Alemán fue desmantelado tras la Exposición pero en la década de los 80 se reconstruyó en su ubicación original, es decir, no es algo de ahora, Mies le puso empeño. Me refiero a empeño por crear un edificio silencioso, sin destacar, pero diferente, justo como él quería hacerlo, y entre edificios clasicistas. Una ubicación que le confiere la fortuna de que lo visitará el que lo busca. Y qué decir de su llegada, una escalera, una lamina de agua, vidrios y cubiertas planas. Un espacio fluido, una versión 2.0 de lo que Wright ya comenzó. Entras en el pabellón y es esa sensación tan rara de que es tal y como lo esperabas: un lugar donde sabes que has entrado y sin embargo no sientes que estés completamente dentro. Lo mismo ocurre cuando estás fuera, algo comienza a acogerte, una cubierta te refugia, y ya al fondo estás viendo el brillo de otra lamina de agua reflejando la intimidante expresión de “Der Morgem”.






Permanecimos allí una hora y treinta minutos, aprovechando la ocasión y la temperatura tan agradable que la sombra y los materiales ofrecían. Como buenos frikitectos (mejor dicho, estudiantes de frikitectura), tocamos los pilares (mejor aun, los abrazamos), flipamos con la Silla Barcelona y la "soldadura" de su cuadro y contemplamos largo y tendido cada detalle que Mies había tenido en cuenta para que aquello tuviera su maniática perfección. Podía sentirse que aquello fue el inicio de algo. ¿Sería igual de meticuloso el original? 









El Pabellón Alemán fue una de las mejores experiencias de aquel viaje, seguramente por lo que supone en nuestra carrera y profesión. Yo recordaba las palabras de mi primer profesor de historia al entrar en la carrera “De este pabellón, cuando salgáis de aquí, sabréis dibujar cada detalle de memoria; Mies debería ser vuestra mamá en la carrera”. 

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